¿Cuándo hablar da miedo?
¿Cuántas veces nos hemos quedado con algo en la punta de la lengua?
Estoy segura de que más de una persona que está leyendo esto ha pasado por esa situación. En el trabajo, estudiando o incluso en nuestra vida personal, todos en algún momento hemos querido decir algo… pero no lo hicimos.
El miedo a hablar es más común de lo que pensamos.
Y aunque pensar antes de hablar es algo valioso, también es importante detenernos a reflexionar sobre esos momentos en los que hablar simplemente no se siente seguro.
Porque cuando eso ocurre con frecuencia, algo más está pasando.
¿De dónde viene el miedo a hablar?
El miedo es una emoción profundamente humana.
Desde los inicios de la humanidad, esta emoción apareció como un mecanismo de supervivencia frente a posibles amenazas. Nuestros antepasados lo necesitaban para reaccionar ante depredadores o situaciones de peligro. Con el tiempo, ese miedo fue cambiando. Hoy ya no nos enfrentamos a amenazas físicas constantemente, pero nuestro cerebro sigue reaccionando ante ciertas situaciones como si estuviera en riesgo.
Por eso vale la pena preguntarnos:
¿Por qué una sesión de feedback puede sentirse tan amenazante?
¿Por qué dar una opinión en una reunión puede generar tanta tensión?
Cuando las personas no se sienten seguras de hablar.
En muchos casos, las personas no se quedan calladas por falta de interés.
Se quedan calladas porque no sienten que sea seguro hablar.
Cuando eso sucede, empiezan a aparecer algunos efectos dentro de los equipos:
Las ideas dejan de compartirse.
Los problemas tardan más en salir a la luz.
Las opiniones se guardan para conversaciones privadas.
La participación en reuniones disminuye.
Y poco a poco, la organización empieza a perder algo muy valioso: la voz de su propia gente.
Crear espacios donde hablar sea seguro.
Las personas no necesitan más reuniones para opinar.
Necesitan espacios donde sus opiniones realmente puedan ser escuchadas.
Un entorno donde:
Dar una opinión no se perciba como un riesgo.
El feedback sea recibido con apertura.
Las ideas puedan discutirse sin temor.
Las personas sientan que su voz tiene valor.
Cuando eso ocurre, algo cambia dentro de los equipos.
Las personas participan más.
Proponen más.
Se involucran más.
Nuestra responsabilidad como organización.
Construir ese tipo de entorno no ocurre por casualidad.
Requiere intención.
Como organización, nuestro rol no es frenar las voces de quienes trabajan con nosotros, sino crear las condiciones para que se sientan cómodos y seguros compartiendo lo que piensan.
Porque cuando las personas sienten que pueden hablar, no solo mejora la conversación.
Mejora toda la organización.
Pregunta para reflexionar.
En tu equipo o en tu organización:
¿Las personas sienten que pueden decir lo que piensan con seguridad… o prefieren quedarse calladas?